La "Nieve de Seda" no produjo estruendo al caer. Los filamentos de los Tejedores descendieron sobre Argentia Magna con la delicadeza de un suspiro, cubriendo las torres de cristal y los jardines de éter con un manto blanco que brillaba con una luz mortecina. En cuestión de minutos, el bullicio de la Ciudadela se extinguió. Los soldados cayeron junto a sus puestos, los civiles se desplomaron en sus hogares, y un silencio sepulcral, más aterrador que cualquier explosión, se apoderó del mundo.
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