El aire en el laboratorio de Thorne ya no era oxígeno; era una sopa de éter electrificado que hacía que el cabello de los presentes se erizara y que el metal de las consolas emitiera chispas azules. En el centro de la sala, Amelia yacía sobre una plataforma de levitación magnética. Su piel, antes cálida, ahora parecía porcelana iluminada desde dentro por un incendio violeta.
—¡Los niveles de resonancia están fuera de las tablas! —gritó Thorne, golpeando frenéticamente los controles holográficos