El silencio que siguió a la retirada de la flota de Silas era engañoso. Argentia Magna no celebraba; la ciudad sangraba luz. El aire, saturado de estática y el olor dulce del éter quemado, pesaba sobre los hombros de Julian mientras caminaba por los pasillos del palacio hacia la cámara médica.
En su mano derecha aún sentía la vibración del golpe final contra Lucas, su clon. La sensación de haber cortado su propia carne, aunque fuera una versión distorsionada y creada en un tanque, le provocaba