El silencio que siguió al grito psíquico del niño fue más aterrador que el estruendo de la batalla. En el gran salón de la Ciudadela de los Ecos, el aire aún vibraba con motas de oro y ceniza. Los restos de los soldados de la Fundación eran simples manchas de carbono en el suelo de obsidiana, y el portal por el que Malakai había huido se cerraba lentamente, como una herida que cicatriza con pus verde.
Pero en el centro del caos, el problema real apenas comenzaba.
Amelia permanecía suspendida a