El silencio eterno del Nadir no se rompió con un estruendo, sino con un siseo corrosivo. El aire dentro de la Ciudadela de los Ecos se volvió pesado, saturado de un olor a ozono y a hierbas quemadas que solo podía significar una cosa: la barrera dimensional había sido violada.
Julian estaba de pie en el centro del salón principal, sus ojos rojos fijos en las pesadas puertas de piedra de la Ciudadela. A su lado, Caleb mantenía las manos extendidas; hilos de antimateria negra bailaban entre sus d