El cielo del Reino del Nadir, que durante eones no había sido más que un lienzo de negrura infinita y estática gris, comenzó a arder. No era un fuego de leña o de plasma, sino un incendio de luz sólida. Miles de naves de los Otros, estructuras geométricas que desafiaban toda lógica arquitectónica, habían perforado la membrana dimensional del vacío. Parecían fragmentos de espejos rotos flotando en la nada, emitiendo una frecuencia sónica que hacía que las piedras de la Ciudadela de los Ecos llor