Lo miré fijamente, sin decir nada.
Alexander sostuvo mi mirada, esperando. Buscando algo en mis ojos. No sé si lo encontró.
—Dime la verdad —insistió.
Una sonrisa fría se dibujó en mis labios.
—¿Y si te digo que sí? ¿Si te digo que la empujé? ¿Qué harías? ¿Me matarías?
Se tensó. No esperaba eso. Claro que no.
Di un paso hacia él, sosteniéndole la mirada.
—Porque si vas a dudar de mí cada vez que alguien te cuente una mentira... mejor que lo sepamos ahora.
—Quiero creerte —dijo, y su voz sonó má