El plumero seguía en el suelo.
Yo también quería estar en el suelo. Desaparecer. Que una grieta se abriera en el mármol y me tragara entera.
Pero no pasó.
Clara había huido. No la culpaba. Si yo pudiera, haría lo mismo.
Pero mis piernas no respondían.
Ezra seguía detrás de mí. Podía sentir su presencia como una segunda piel. El calor de su cuerpo. El peso de su mirada en mi nuca.
—Te hice una pregunta, Dhalia —dijo otra vez, y su voz sonó más baja. Más peligrosa—. ¿Eso te parece que soy?
Tragué