No pude dormir.
Otra vez.
Las paredes de mi habitación parecían cerrarse sobre mí. El silencio era tan pesado que me aplastaba el pecho. Necesitaba hacer algo. Movimiento. Ruido. Cualquier cosa que ahogara las imágenes que no se borraban de mi cabeza.
La cara de Ezra. Su sonrisa. Ese "te queda bien el color en las mejillas".
Maldición.
Me levanté de la cama. Me puse lo primero que encontré: un short viejo y una camiseta holgada. Nadie iba a verme a esta hora. La lavandería estaba en el sótano y