Esa mañana me desperté antes de que sonara el despertador. Bajé al primer piso con el plumero en la mano. Elvira me había asignado las esculturas del vestíbulo. Una colección de figuras de mármol que parecían mirarte con desprecio.
Clara estaba a unos metros, limpiando los cristales de las mesitas. Me lanzó una sonrisa rápida y siguió con su trabajo.
El silencio de la mañana era casi agradable.
Hasta que se rompió.
—¡Déjenme pasar! ¡Ahora mismo!
Una voz de mujer. Aguda. Furiosa. Rompió la calma