La voz de Leo sonó seria al otro lado de la línea.
—Me interesa. Dime qué tienes en mente.
Miré alrededor. La calle seguía vacía. El frío de la madrugada calaba hasta los huesos.
—Tenemos que vernos. En persona. Mañana en la mañana.
—Conozco el lugar perfecto —respondió—. Te mando la ubicación.
Colgó.
Guardé el teléfono y emprendí el camino de regreso a la mansión.
Cuando entré, Alexander estaba en el salón. Sentado en uno de los sillones, con una copa en la mano. No hizo falta que hablara. Su