El resto de la mañana lo pasé fregando los pisos del segundo piso. El silencio de la mansión era pesado, como si las paredes escucharan.
Al mediodía, Elvira me llevó a la cocina de servicio.
—Aquí comes. Con los otros empleados.
Los otros eran dos.
Una chica joven, tal vez de mi edad, pelo rubio recogido en una cola de caballo y ojos demasiado grandes para su cara. Sonreía con facilidad. Demasiada facilidad.
—¡Hola! —dijo en cuanto me vio—. ¿Eres la nueva? Yo soy Clara. Llevo seis meses aquí.
—