Al día siguiente todo había cambiado.
No lo noté al principio. Bajé a la cocina como todas las mañanas, con el uniforme puesto y el pelo recogido. Pero en cuanto puse un pie en el comedor de servicio, sentí las miradas.
Clara estaba sentada a la mesa, con una taza de café entre las manos. Me vio y bajó la vista al instante.
Elvira estaba de espaldas, lavando algo en la pila. No se giró para saludarme.
—Buenos días —dije, con la voz más normal que pude.
Nadie respondió.
Me quedé un momento en la