Llevaba tres días esperando el momento perfecto.
Tres días sonriendo como una tonta cuando Ezra me miraba. Tres días doblando sus sábanas, limpiando su estudio, sirviéndole café sin derramar ni una gota. Tres días fingiendo que solo era una empleada más.
Pero esta mañana, Elvira había dicho algo que hizo latir mi corazón más rápido:
—El señor Falcone salió. No vuelve hasta la noche.
No lo pensé dos veces.
Terminé de fregar los pisos del segundo piso con una velocidad que no sabía que tenía. Gua