—¿Te sientes mejor?
La sangre le corría por el rostro cuando lo dijo.
No había reproche en su voz.
Ni rabia.
Solo esa calma inquietante que me hizo pensar, con total claridad, que Alexander estaba completamente demente.
Lo miré sin saber qué decir.
Tenía la ceja abierta, la nariz aún sangrando y el labio partido. Había manchas rojas en su camisa, en su cuello… incluso en el suelo del ascensor.
Y aun así parecía… tranquilo.
Alexander presionó el botón y las puertas del ascensor se abrieron.
—Si