Cuando finalmente me permitieron salir del hospital, sentía el cuerpo extraño. No solo por el tranquilizante, ni por la herida que aún tiraba cuando caminaba demasiado rápido.
Era algo más profundo.
El auto avanzaba por la ciudad mientras yo miraba por la ventana sin ver realmente nada. Alexander conducía en silencio. No preguntó nada. No intentó hablar.
Y lo agradecí.
Aunque no quería hacerlo, mi mente seguía regresando a esa habitación blanca. A la cama. A la cara arrugada de mi padre.
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