El auto avanzaba en silencio hacia la zona más oscura de la ciudad.
—¿Me trajo lo que pedí? —pregunté sin apartar la vista de la carretera.
—En el asiento trasero.
Me giré. Un estuche de guitarra descansaba en el asiento de atrás. Cliché, pensé. Pero no había otra opción.
Lo abrí. El rifle estaba ahí, impecable, listo. Un Barrett MRAD. Hermoso y mortal. Revisé cada pieza con la precisión de quien ha hecho esto cientos de veces. Todo en orden. Siempre confié más en el metal que en las personas.