No entré de inmediato.
Podía ser una trampa. Podía haber más hombres apuntándome desde la oscuridad.
Respiré hondo, levanté el arma y empujé la puerta con el pie.
Barrí el lugar con la mirada. Esquinas. Ventanas. Techo.
Nada.
Solo él. El desertor.
Sentado detrás de un escritorio viejo, en una silla que crujía cada vez que se movía. Tranquilo. Demasiado tranquilo para alguien cuyos compañeros yacían muertos unos pisos más abajo.
—Si haces un movimiento brusco, te mato —dije sin bajar el arma—.