Pasaron las semanas. Luego los meses.
La vida en la ciudad se volvió una rutina. Pero una rutina buena. De esas que no quieres que se acaben.
Ezra logró el trato con el importador. Le gustó la propuesta. Empezaron a trabajar juntos. Y en poco tiempo, el negocio despegó.
No era el imperio que tenía antes. No era la mansión. No era el poder. Pero era honesto. Y era nuestro.
Con las primeras ganancias, compramos una casa. Grande. En un barrio de lujo. Jardín. Piscina. Habitaciones amplias.
La prim