El coche se adentró en la ciudad después de largas horas de viaje.
Edificios altos. Calles asfaltadas. Semáforos. Gente yendo y viniendo. Ruido. Caos. Vida. Después de solo ver árboles y casas de madera, el cemento me resultó casi hermoso.
Mateo nos dejó en una plaza céntrica. Frenó. Nos miró por el espejo.
—Aquí está bien —dijo—. Suerte.
—Gracias —respondió Ezra.
Bajamos. Cerré la puerta. El coche arrancó y se perdió entre el tráfico.
Miré la placa. Solo por costumbre, y la memorecé.
—¿Para