Mateo se sentó en el sillón como si fuera su casa.
Miró alrededor. Los muebles. Los cuadros. La luz que entraba por los ventanales. Todo. Como si estuviera tomando nota mental.
—Linda casa —dijo otra vez.
—Gracias —respondió Ezra, con voz neutra—. ¿Qué problema tienes?
—Todo —respondió Mateo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. He perdido todo. Negocios. Amigos. Familia. Me quedé sin nada.
—¿Y qué quieres de nosotros?
—Un trabajo. Una oportunidad. Algo para empezar de nuevo.
Ezra lo mi