Seguimos caminando.
El bosque comenzaba a aclararse. Los árboles se volvían más escasos. El suelo, menos embarrado. Seguíamos el cause de un río que nos llevaría directamente la costa.
El teléfono de Damián sonó. Todos nos detuvimos. Él lo miró. Frunció el ceño.
—¿Quién es? —pregunté.
—No lo sé. Número desconocido.
—Conteste.
Damián contestó. Puso el altavoz.
—¿Dónde están? —la voz del abogado al otro lado. Apurada. Cortante.
—De camino —respondió Damián—. ¿Qué pasa?
—El barco está listo. Pero