El amanecer llegó gris y frío.
No había dormido bien. Ninguno de nosotros. La noche había sido una sucesión de sombras y ruidos que no terminaban de convencernos.
Ezra estaba sentado en el borde de la cama cuando entré a la habitación. Se había vestido solo. La camisa le colgaba sobre los hombros. Las vendas blancas asomaban por debajo de las mangas.
—¿Cómo te sientes? —pregunté.
—Como si me hubiera atropellado un camión —respondió—. Pero no esperaba menos.
—¿Puedes caminar?
Se puso de pie. Sus