La noche cayó sobre nosotros como una losa.
El bosque se volvió más oscuro. Las sombras más densas. Los ruidos más amenazantes. No podíamos usar linternas. La luz nos delataría.
Caminábamos a tientas. Tropezando con raíces. Chocando con ramas. Ya no me sentía las piernas, caminaba por la inercia. Y lo peor era que el agua se estaba acabando.
—¿Cuánto falta? —pregunté a Damián.
—No sé —respondió—. Con este desvío... todo se complicó.
—¿Llegaremos al muelle a tiempo?
—No lo sé —repitió—. Señorita