Llegamos a la cabaña cuando el sol ya se había escondido.
El lugar era pequeño. Una construcción de madera oscura, medio escondida entre los árboles. Las ventanas parecían ojos que nos miraban desde la penumbra.
No había luz. No había vecinos. No había nada.
Solo el bosque. Solo nosotros.
—Bajen —dijo Damián, apagando el motor—. Vamos a pasar la noche aquí.
Los hombres ayudaron a Ezra a bajar del coche. Estaba débil. Sus piernas temblaban. Pero se sostenía.
—No necesito ayuda —dijo, con esa voz