Alexander perdió la paciencia.
—Pon el altavoz —ordenó, la voz tensa, los ojos clavados en el teléfono como si pudiera ver a través de él.
Apreté el teléfono contra mi oreja.
—No —respondí tajante.
Su mandíbula se tensó. Algo oscuro cruzó su mirada. Pero no insistió. Solo esperó, escuchando mi lado de la conversación con una paciencia que no le conocía.
Del otro lado, Leo hablaba rápido, con prisa.
—Lo del ataque a la mansión Volkov ya está en todos los medios. Todo el mundo quiere la exclusi