Mundo ficciónIniciar sesión—Grita, Nena —siseó Liam Donovan, hincando las rodillas en la cama mientras sujetaba las muñecas de Mia Blackwood contra las almohadas de seda—. Grita para que todos sepan que eres mía. El sonido fue un gemido ahogado, una mezcla de dolor y placer que casi lo hizo perder el control. Liam no se movía. La tenía atrapada bajo su cuerpo, un muro de músculos tensos y cicatrices, sus ojos café tan oscuros que parecían negros. No se movía, y eso era lo que estaba volviendo loca a Mia. Él la estaba castigando. La estaba disciplinando por intentar escapar de nuevo, por desafiar su autoridad como jefe de seguridad de la mansión Blackwood. Ella no sabía pelear. No tenía ni idea de cómo defenderse de un hombre que había sido un operador de élite. Pero Mia Blackwood no necesitaba puños. Tenía una lengua afilada y un cuerpo que sabía exactamente cómo tentar al diablo. Liam deslizó una mano hacia abajo, rodeando su cuello en una suave advertencia, mientras que con la otra presionaba su intimidad contra la de ella. —Te odio, —susurró ella, enredando sus dedos en su cabello, tirando con fuerza, obligándolo a mirarla—. Odiarás el día en que aceptaste este trabajo. —Pues prepárate para odiar cada segundo de la noche, Princesa. Porque no pienso soltarte. Y entonces, Liam embistió. Fue una entrada profunda, fuerte y posesiva, que la hizo arquear la espalda y soltar un grito que él mismo tapó con un beso que sabía a tequila y furia. El sexo no fue suave. No fue romántico. Fue una guerra. Fue el choque de un hombre que había sido un soldado y una mujer que se negaba a ser domesticada. Él empujaba con rabia, reclamando cada centímetro de su piel, y ella respondía con una pasión que lo asustaba.
Leer más[Narrado por Mia Blackwood]
La música clásica que retumbaba en el salón principal de la mansión me producía náuseas. Odiaba estas galas. Odiaba el olor a perfume caro mezclado con hipocresía y, sobre todo, odiaba que mis hermanos, Dominic y Spencer, me vigilaran como si fuera un diamante de sangre a punto de ser robado.
—No te muevas de esta terraza, Pulga —había gruñido Dominic hace diez minutos, ajustándose la corbata con esa impaciencia violenta que lo caracterizaba—. El nuevo equipo de seguridad ya está posicionado. Si intentas una de tus estupideces, no seré yo quien te detenga, sino ellos. Y no son tan amables como yo.
"Nuevo equipo de seguridad", bufé para mis adentros, apoyando mis tacones de aguja en la barandilla de mármol. Seguro eran más gorilas con traje, de esos que se distraen si les sonríes un poco o les prometes que su jefe no se enterará. Pobre Dominic, todavía creía que podía enjaularme.
Miré hacia abajo. Tres metros de caída hasta los arbustos perfectamente podados del jardín trasero. Pan comido.
Me deshice de los tacones, sintiendo el frío del mármol en mis pies descalzos. Mi vestido de satén verde esmeralda, ese que Cleo me había ayudado a elegir diciendo que resaltaba mi cabello pelirrojo, se sentía como una armadura restrictiva. Me lo recogí hasta los muslos, anudándolo con impaciencia, y salté hacia la enredadera de la biblioteca.
Estaba a mitad de camino, con las manos manchadas de tierra y el corazón martilleando contra mis costillas, cuando una luz potente me cegó.
—La técnica es buena, pero tu centro de gravedad está demasiado desplazado a la izquierda, Princesa. Vas a terminar con el cuello roto antes de llegar a la valla.
Me quedé helada. Una voz profunda, vibrante y cargada de una arrogancia que me hizo hervir la sangre, cortó el silencio de la noche. Miré hacia abajo, parpadeando para recuperar la vista.
Apoyado contra el muro, con la elegancia de un depredador que acaba de encontrar a su presa, había un hombre. No era un "gorila". Era joven, insultantemente guapo y vestía un traje negro que parecía una extensión de su propia piel. Su mandíbula era una línea afilada y sus ojos, oscuros como el pecado, me recorrían con una lentitud que me hizo sentir más desnuda que si no llevara el vestido.
—¿Quién diablos eres tú? —siseé, aferrándome a la hiedra—. Baja esa linterna de mi cara, imbécil, antes de que le diga a mi padre que te corte la lengua.
El desconocido soltó una risa seca, un sonido que me recorrió la columna como una descarga eléctrica. Apagó la luz, pero su presencia se sintió aún más pesada en la penumbra.
—Tu padre me paga para que no te dejes matar, no para escuchar tus berrinches de niña rica —dijo, dando un paso al frente. Sus hombros eran anchos, imponentes—. Baja de ahí ahora mismo. Por las buenas... o te bajo yo.
—¡Vete al infierno! —le grité, intentando seguir bajando por mi cuenta—. ¡No sé qué clase de mercenario de pacotilla eres, pero no me toques! ¡Mis cuñadas son Donovans, ellas tienen más clase en un dedo que tú en todo tu cuerpo de matón!
Vi una chispa extraña en sus ojos, una mezcla de diversión y algo mucho más oscuro, pero no dijo nada. Simplemente se cruzó de brazos, esperando.
—¡No me mires así! —insulté, perdiendo la paciencia—. Eres un animal, un bruto con traje. ¡Dominic te va a matar cuando sepa que le hablaste así a su hermana!
—Tres —dijo él, ignorando mis insultos con una calma exasperante. —¿Qué? —Dos... —dio otro paso, posicionándose justo debajo de mí. —¡No te atrevas...!
Mis manos, sudorosas y llenas de tierra, resbalaron de la rama húmeda. Solté un grito ahogado mientras el vacío me reclamaba. Cerré los ojos esperando el impacto, pero lo que encontré fue un muro de calor y puro músculo.
Liam Donovan me atrapó en el aire. Sus brazos se cerraron alrededor de mi cintura y mis muslos con una fuerza bruta que me dejó sin aliento. Me pegó contra su pecho, obligándome a sentir la dureza de su cuerpo y el latido rítmico de su corazón. Olía a café, a menta y a algo peligroso que no lograba identificar.
—Suéltame, animal —le escupí a centímetros de su rostro, tratando de zafarme—. Me estás lastimando, bruto de gimnasio.
—Si te suelto, te rompes, Nena —susurró él. Su voz era una caricia áspera contra mi oído—. Y tengo órdenes estrictas de entregarte intacta. Aunque, viéndote de cerca... entiendo por qué tus hermanos están tan nerviosos. Eres un problema con piernas.
—¡Soy una Blackwood! ¡Tú eres un empleado! ¡Bájame! —le propiné un manotazo en el hombro, pero fue como golpear una roca.
Él no me bajó. En lugar de eso, apretó más el agarre de sus manos en mis muslos, un gesto cargado de una posesividad que me hizo jadear. Sus ojos recorrieron mi boca con una intensidad que casi me hizo olvidar que lo odiaba.
—A partir de esta noche, soy tu sombra —dijo, y su tono ya no era burlón, era una orden—. Me da igual quiénes sean tus cuñadas o cuánto dinero tenga tu padre. En mi mundo, las niñas desobedientes reciben castigos. Y tú, Pulga, acabas de ganar el primero.
—¿Castigos? ¿Quién te crees que eres? —le siseé, clavándole las uñas en los hombros—. No eres más que un perro guardián. Un perro joven que se cree lobo.
Liam sonrió, y fue la sonrisa más aterradora y excitante que había visto en mi vida. Sin decir una palabra más, me cargó al hombro como si no pesara nada, ignorando mis gritos y los golpes que le propinaba en la espalda.
—¡Bájame ahora mismo, imbécil! ¡Te voy a hacer la vida imposible! —gritaba mientras veía el suelo alejarse.
—Oh, no lo dudo —respondió él, dándome un azote firme en el trasero que me dejó muda de la indignación—. Pero mientras estés bajo mi vigilancia, Princesa, vas a aprender que el único que manda aquí soy yo.
Me llevó directamente hacia la mansión, ignorando mis insultos. No tenía idea de quién era este tipo, pero su arrogancia era insoportable. Lo que él no sabía era que yo no era una víctima. Si quería jugar al guardián y la prisionera, yo le enseñaría que incluso en una celda, soy yo quien tiene el control.
[Narrado por Liam Donovan]Conducir hasta la facultad de Derecho fue un ejercicio de contención táctica. Mis manos apretaban el volante con tal fuerza que el cuero crujía, un eco del sonido que quería escuchar bajo mis puños: los huesos de Max. La mención de Penélope en el desayuno había sido un detonante, pero la imagen de Mia subiéndose a ese coche, riendo con ese idiota mientras yo me quedaba con un trozo de papel inútil en la mano, había sido la declaración de guerra definitiva
[Narrado por Liam Donovan]El comedor de la mansión Blackwood siempre me había parecido una pecera de cristal: demasiado brillante, demasiado silenciosa y llena de gente que fingía que el mundo exterior no existía. Pero esa mañana, el aire pesaba de una forma distinta. El aroma a café recién hecho y tostadas se mezclaba con el eco de lo que había sucedido horas antes en la habitación de arriba.Me senté a la mesa con mi uniforme impecable. Había logrado recuperar mi camisa —o lo que quedaba de ella— y cambiarla por una nueva antes de que el servicio se despertara. Mi rostro era una máscara de eficiencia militar, pero por dentro, cada vez que mis ojos se cruzaban con los de Mia, sentía un ti
Mia soltó una risa nerviosa, una que terminó en un suspiro cuando deslicé una mano hacia abajo, rodeando su cuello en una advertencia suave, casi una caricia mortal. Con la otra mano, presioné mi intimidad contra la de ella a través de la tela del vestido. Ella se tensó, un temblor recorriendo sus piernas.—Te odio —susurró, enredando sus dedos en mi cabello ahora que había soltado sus muñecas. Tiró con fuerza, obligándome a mirarla de frente—. Odiarás el día en que aceptaste este trabajo. Odiarás el momento en que me viste por primera vez.—Pues prepárate para odiar cada segundo de la noche, Princesa —sentencié, mis dedos bajando hacia la cremallera de su vestido—. Porque no pienso soltarte hasta que olvides tu propio nombre.Me deshice de mi camisa de un tirón, dejando que los botones restantes saltaran por la habitación. Cuando mis manos tocaron su piel desnuda, sentí que ella se estremecía de una forma distinta. Había una rigidez en su cuerpo, una vacilación que no encajaba con su
[Narrado por Liam Donovan]El motor del SUV aún crujía por el calor del trayecto cuando detuve el vehículo frente a la escalinata de la mansión. El silencio en la cabina era tan denso que casi se podía tocar. Mia estaba a mi lado, envuelta en mi chaqueta de cuero, con el cabello pelirrojo desordenado y los labios delatando cada segundo de lo que habíamos hecho en la carretera.Dominic estaba en el porche, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Spencer permanecía un paso atrás, observando con esa mirada analítica de quien sabe que algo no encaja.—Bájate y entra —le ordené a Mia en un susurro, sin mirarla—. No digas una palabra. Sube directo a tu habitación.Ella no protestó. Su sumisión repentina me inquietó más que su rebeldía. Bajó del coche con la cabeza gacha, apretando mi chaqueta contra su cuerpo, y pasó junto a sus hermanos como una exhalación. Dominic intentó detenerla, pero ella ni siquiera lo miró. Escuchamos el portazo de la entrada principal y luego el eco de sus
Último capítulo