Tuve que decidir en segundos.
Mi hijo… o Alexander.
Cerré los ojos un instante dentro del taxi mientras la voz del locutor seguía repitiendo “ataque”, “disparos”, “mansión Volkov”.
Mi mano apretó el papel con la dirección. Mi hijo estaba a minutos de distancia. Años esperando, años buscando, y ahora estaba ahí, al alcance.
Pero Alexander... Alexander estaba en medio de un ataque.
—Mierda —susurré.
El taxista me miró por el espejo.
—¿Señorita?
No le respondí, mi mente era un campo de batalla.
M