Volvimos a la mesa como si nada hubiera pasado.
Pero había pasado.
Viktor ya estaba sentado cuando regresamos. Tenía la copa en la mano, pero no bebía. Nos miraba. O más bien, me miraba a mí.
Alexander tomó asiento con calma absoluta. Yo me senté a su lado. Su mano descendió sin prisa hasta mi muslo, bajo la mesa. Firme. Cálida.
Un ancla en medio de la ira que quería ahogarme.
Respiré hondo. Mentón en alto. Mi mirada puesta en Alexander, no en el hombre que tenía enfrente.
Viktor empezó a habl