Golpear el saco era más fácil que pensar.
Cada impacto amortiguaba la ansiedad, la rabia, el miedo. El cuero crujía bajo mis puños y el sudor me corría por la espalda. Una hora después seguía ahí, descargando todo lo que no podía decir.
Hasta que una empleada apareció en la puerta del gimnasio.
—Señorita Anastasia —dijo, algo tímida—. El señor Volkov me pidió que le dijera que tiene una cena de negocios esta noche en la ciudad. Quiere que usted lo acompañe. Espera que esté lista a las siete.
No