Alexander acelera.
El rugido del motor rompe el silencio de la avenida casi vacía. Las luces de la ciudad pasan como destellos rápidos a nuestro alrededor. El auto negro detrás de nosotros no se despega. Mantiene la distancia exacta.
—Confírmame algo —dice Alexander, mirando por el retrovisor—. ¿Siguen ahí?
Miro por el espejo lateral.
—Sí. Y no están siendo discretos.
Él pisa más el acelerador.
El otro responde.
La persecución empieza de verdad.
Las curvas se vuelven más cerradas. Alexander con