Los días pasaron lentos en el hospital.
Ezra se recuperaba poco a poco. Las vendas cambiaban. Los moretones se desvanecían. La máquina que pitaba al ritmo de su corazón se volvió el sonido más hermoso que había escuchado.
Yo no me separaba de él.
Dormía en una silla incómoda. Comía mal. No me importaba. Él estaba vivo. Eso era suficiente.
—Tienes una cama en casa —dijo Ezra una mañana, mirándome desde la cama—. Podrías usarla.
—Mi casa está donde estás tú —respondí.
—Eso suena cursi.
—Lo sé.
—M