El hospital olía a alcohol y aa desesperación de la muerte.
Pero no a la muerte de Renato. A otra muerte. A la que no podía nombrar. A la que no podía ni quería imaginar.
Los médicos sacaron a Ezra de mis brazos. Lo subieron a una camilla. Lo rodearon. Lo llevaron por un pasillo largo, blanco, interminable.
—No puede pasar —dijo una enfermera, deteniéndome—. Es un área restringida.
—Soy su familia —respondí.
Pero me detuvieron igual.
La puerta del quirófano se cerró. La lucecita roja se encendi