Tres días.
Setenta y dos horas.
Cuatro mil trescientos veinte minutos.
No sé cuántos segundos. No quise calcularlo. Solo sabía que se acababa el tiempo.
Ezra estaba más callado de lo normal. Me miraba como si quisiera memorizar cada parte de mí. Me tocaba como si fuera la última vez.
Y en el fondo, los dos sabíamos que quizá lo era.
—Dejá de mirarme así —dije una tarde, sentada a su lado.
—¿Cómo?
—Como si fuera a desaparecer.
—No vas a desaparecer —dijo—. Yo sí.
El aire se volvió denso.
—No dig