Las horas pasaron lentas.
Cada minuto era una eternidad. Cada segundo, un suplicio. El depósito olía a humedad, y de repente mi mente comenzó a imaginarse el olor de la sangre, jugándome una mala pasada.
Las ataduras me lastimaban las muñecas cada que las movía intentando aflojarlas, y lo había conseguido un poco. Pero el dolor físico no era nada comparado con el miedo.
¿Va a venir?
¿Va a caer en la trampa?
Solo podía hacerme esas preguntas una y otra vez mientras miraba la puerta del depós