La noche cayó sobre la mansión.
No sé cómo pasamos de la discusión a la cama. Solo sé que en un momento estábamos besándonos en el salón, y al siguiente Ezra me subió en brazos.
Sí. En brazos.
Como si fuera una novia recién casada. La facilidad con la que me levantó del suelo era casi insultante.
—Qué haces —dije, riéndome.
—Llevarte a donde perteneces —respondió él, subiendo las escaleras.
—¿Y dónde es eso?
—Conmigo.
Su habitación. Su cama. Sus manos recorriendo mi cuerpo. Las mías enredándose