Ezra regresó a media tarde.
Lo vi entrar por la puerta principal. Traje gris. Camisa blanca. El pelo ligeramente revuelto. La mirada cansada.
Me vio sentada en el sillón del salón, con los brazos cruzados, la cara que no prometía nada bueno.
—¿Qué pasa? —preguntó, dejando las llaves sobre la mesa.
—¿Conoces a una mujer llamada Camila? —pregunté sin rodeos.
Ezra entrecerró los ojos.
—Sí —respondió directamente. Al menos no se hace el desentendido.
—Pues ella —dije, sin rodeos—, estuvo aquí.
Él