Las horas pasaron lentas y agradecí cada una de ellas.
Mi padre dormía en una de las habitaciones de la mansión. Los médicos de Ezra lo habían atendido. Le limpiaron las heridas. Le vendaron el brazo. Le dieron medicinas para el dolor y antibióticos.
Yo no me separé de él.
Sentada en una silla al lado de la cama, mirándolo respirar. El pecho subiendo y bajando. La cara moreteada pero en paz.
Tres años. Tres años creyéndolo muerto. Tres años llorando sobre una tumba vacía.
Y ahora estaba ahí.
V