La habitación se llenó de un silencio espeso después de que soltara mi advertencia. Su expresión decía que estaba esperando oír cualquier cosa. Al parecer ya nada le sorprende de mí.
—¿Y cuál es esa idea que tanto me va a disgustar? —preguntó por fin.
Revelarlo fue como encender una mecha.
—Tengo una invitación —dije—. O mejor dicho, tengo un contacto que la tiene.
Alexander levantó la vista de inmediato. Sus ojos se clavaron en mí con atención absoluta.
—¿Quién?
—Leo Méndez.
La reacción fue in