El silencio se volvió eterno.
Ezra me miró. Largo. Intenso. Como si estuviera midiendo el peso de mis palabras. Como si estuviera decidiendo si decir la verdad o seguir mintiendo.
—Yo no maté a tu padre —dijo finalmente.
Su voz era baja. Firme. No tembló. No dudó. Como si llevara años esperando decir esas palabras.
—¡No mientas! —estallé. La rabia me subió por el pecho como lava—. Mi padre era periodista. Te investigaba a ti. A tus negocios. A tu gente. Y tú lo mataste para que no descubriera l