Todo pasó demasiado rápido.
Los hombres de Ezra aparecieron de la nada. Sombras que se materializaron entre las luces de la calle. Agarraron al sicario. Lo inmovilizaron. Lo arrastraron a un coche negro.
Yo seguía en el suelo. Con Ezra encima de mí. Con su sangre pegajosa en mis manos. Con su peso aplastándome el pecho.
—Hay que llevarlo a un hospital —dije, con la voz rota—. ¡Ahora!
—No —la voz de Ezra sonó débil, pero firme—. No al hospital.
—¡Estás herido!
—No es grave —dijo él, incorporándo