No sé cuánto tiempo pasó.
Sentada en el suelo, con la espalda contra la puerta, las mejillas mojadas y el pecho vacío. Los minutos se mezclaban con las horas. La luz del sol se fue. La oscuridad llegó.
Y en medio de la noche, el teléfono vibró.
Lo saqué de debajo del colchón con dedos temblorosos. La pantalla iluminó mi cara. El nombre de Renato.
Lo contesté.
—Dhalia —dijo su voz al otro lado. Fría, como siempre—. ¿Has tenido avances?
—No —respondí, con la voz rota—. Ninguno.
El silencio de Ren