Llegué a la mansión como una tormenta.
El taxi no había sido lo suficientemente rápido. Mis piernas tampoco. Entré casi tropezándome, con el corazón en la garganta, los ojos todavía húmedos.
El vestíbulo era un desastre.
Alexander había roto cada jarrón, cada lámpara, cada objeto que había encontrado a su paso. Fragmentos de porcelana y vidrio cubrían el suelo. Los cuadros colgaban torcidos. Parecía que una bomba había explotado dentro de él.
Y en medio de todo, él estaba de espaldas, con los h