Nathalia entró como si la casa ya no le perteneciera. O como si nunca le hubiera pertenecido.
Por un segundo, no la reconocí.
Estaba desarreglada, delgada, ojerosa. Su ropa colgaba de un cuerpo que había perdido peso, su cabello antes impecable ahora caía sin forma. No se parecía en nada a la mujer imponente que solía dar órdenes con un solo gesto.
Pero sus ojos... sus ojos brillaban con una claridad que no les conocía.
—Konstantin secuestró a los niños —dijo sin rodeos.
El silencio se hizo ab