Esa mañana empezó como cualquier
otra.
Abrí la maleta sobre la cama y empecé a doblar la ropa. Camisetas. Pantalones. Lo esencial. Nada más.
No quería llevarme demasiado.
Lucas me ayudaba en silencio, doblando su ropa con movimientos lentos, sin mirarme. Últimamente apenas me hablaba. Solo monosílabos. "Sí", "no", "está bien". Ya no preguntaba adónde íbamos. Ni preguntaba por qué.
Y eso… dolía.
—Pon eso aquí —le indiqué suavemente.
Miré el reloj.
Ya debíamos irnos o perderíamos el vuelo. Revisé