Habían pasado apenas unas horas después de que regresamos de la torre Volkov. Alexander no me asignó ninguna otra tarea. Así que me encerré en mi habitación. Hasta que me ganó la curiosidad.
No debería pensar en Leo Méndez. No debería. Pero la imagen de su sonrisa tranquila vuelve a mi mente. Demasiado directo, demasiado específico. No era solo un cazador de chismes.
Encendí la laptop. La conexión a internet aquí es un chiste—lenta, restringida, seguramente monitoreada. Un filtro que solo deja