Habían pasado apenas unas horas después de que regresamos de la torre Volkov. Alexander no me asignó ninguna otra tarea. Así que me encerré en mi habitación. Hasta que me ganó la curiosidad.
No debería pensar en Leo Méndez. No debería. Pero la imagen de su sonrisa tranquila vuelve a mi mente. Demasiado directo, demasiado específico. No era solo un cazador de chismes.
Encendí la laptop. La conexión a internet aquí es un chiste—lenta, restringida, seguramente monitoreada. Un filtro que solo deja pasar noticias genéricas, el clima, sitios de compras. Nada útil.
Tecleo su nombre.
Leo Méndez. Crónica Urbana.
Los resultados aparecen rápido. Artículos, columnas, investigaciones. Paso los titulares con desinterés hasta que algo me hace detenerme.
“Redes invisibles: el negocio del tráfico humano en la ciudad.”
Mi pulso se acelera.
Abro el artículo. Luego otro. Y otro más.
Leo no persigue escándalos fáciles. No escribe sobre fiestas, ni romances de millonarios. Está obsesionado con una sola cos