El viaje hacia la Torre Volkov transcurre en silencio.
Voy en los asientos traseros de un auto con Alexander a mi lado. Mi mirada va fija en la ciudad que se desliza detrás del vidrio oscuro. No hablamos. Con él, el silencio nunca es cómodo, es una forma de control.
Mi mente, en cambio, no se detiene.
Sokolov.
El nombre sigue girando en mi cabeza desde anoche. Uno de los tantos que tuvieron que ver en mi desgracia.
Redes. Rutas. Intermediarios que nunca dan la cara. Hombres que venden bebés como si fueran mercancía. Niños que aparecen una vez… y luego se esfuman para siempre.
Como mi hijo.
Aprieto los dedos contra el muslo, conteniendo el impulso. Aún recuerdo el peso de su cuerpo diminuto apenas lo tuve en brazos. El olor. El calor. Y luego nada. Solo órdenes, gritos, un uniforme que me obligaron a vestir y una cuna vacía cuando regresé.
Mi padre me arrancó a mi hijo dos veces. La primera al meterme a la fuerza en el ejército. La segunda cuando permitió que desapareciera.
Desde que