Salí del jardín con los puños apretados.
La sangre me hervía. No iba a quedarme allí aceptando órdenes como si fuera una prisionera.
Entré a la casa y caminé directo al despacho de Alexander.
No toqué.
Abrí la puerta de golpe.
Alexander estaba detrás de su escritorio. Levantó la mirada en cuanto entré, sin parecer sorprendido.
—Anastasia—
—Ordena que abran esa puerta.
Mi voz salió dura.
Directa.
Alexander frunció el ceño.
—No.
Sentí que el enojo me subía por el pecho.
—No te estoy preguntando.