Después de tantas horas de viaje, el asfalto desapareció.
El auto tomó un camino empedrado, irregular, que se adentraba en el bosque. Para ese momento, el amanecer comenzaba a teñir el cielo de tonos suaves, y la luz se filtraba entre las copas de los árboles, creando un paisaje casi irreal.
Era hermoso.
El bosque se volvía cada vez más denso, más profundo… más aislado.
Pero no daba miedo.
Daba paz.
Mika iba en el asiento trasero, comiéndose una fruta que Alexander le había dado. Miraba por la