Pasé toda la noche sin dormir.
No por miedo. Por las imágenes que no se borraban de mi cabeza. Teo. Ezra. El niño de las piedras brillantes. El hombre que me había mirado como si pudiera verme los huesos.
Cada vez que cerraba los ojos, veía su sonrisa torcida.
Cada vez que los abría, recordaba por qué estaba ahí.
Venganza.
Me levanté a las cinco de la mañana. Me puse el uniforme blanco y negro que Elvira había dejado en mi cama.
Bajé a la cocina. Elvira ya estaba ahí, con su moño perfecto y su